El Empíreo: Figuraciones mías

Figuraciones mías


Por Jackeline Da Rocha

Esto no es una reseña: no podría serlo aunque quisiera.

Los invitados de la princesa, de Fernando Savater, parece una obra impecable sobre las ideas que fundamentan la formación de un Estado desde los puntos de vista de distintos profesionales.

En la novela, la princesa de la isla de Santa Clara extiende una invitación a distinguidos personajes de todo el mundo, "personalidades internacionales destacadas en todos los campos del arte y del saber", para asistir a su Festín de la Cultura, con el que pretende localizar la capital cultural del planeta en su república. 

Una erupción volcánica es la causante de un bloqueo aéreo, encerrando a todos los invitados dentro de los confines de la isla, y a la princesa fuera de ella...

Pero eso es otra historia. ¿Por qué? Porque no he podido leerla. De nuevo, ¿por qué no he podido leer un libro que claramente me interesa, que me puede ser útil, que es pertinente a mis estudios y que está al alcance de mis manos? Por el precio.

En economía nos enseñan que el costo y el valor son cosas distintas entre sí y además distintas del precio. Por supuesto no estoy calificada para determinar el valor de esta lectura, dado que no ha pasado por mi estudio. Y el costo ya es cuestión de trabajo y oportunidad. Pero el precio: el precio del libro claramente se ha visto afectado por el cambio monetario que implica la importación de, bueno, todo. Por esto y tantas otras cosas, esta novela equivale entonces a casi cuatro mil bolívares en las librerías caraqueñas (ni siquiera me atrevo a pensar que tenga alcance nacional).

A principios del año todavía vigente, en nuestro país se vivió una situación complicada con la importación de papel. Aunque menguada y no resuelta, esta situación repercutió lógicamente en las impresiones masivas de todo tipo y todo el país. Periódicos de renombre redujeron su tiraje, el número de sus cuerpos, aumentaron el precio de la publicación y de sus espacios publicitarios. ¿Cómo se relaciona esto con el libro que no he podido leer?

Para no entrar en un hoyo negro del advenimiento de la decadencia en todos los respectos de lo que conciernen al país, vuelvo sobre mí misma para concluir: ocurrentes analistas y representantes políticos catalogaron las complicaciones de distribución de divisas para la compra de papel como una medida de censura.

Ahora es personal: no podemos ni leer. No digo que sea más grave que el famoso "no podemos ni comer", pero va de la mano con el "a dónde vamos a parar".

Tal vez ni siquiera es parte de un plan maestro para controlar la institución cultural (tal vez), pero es un efecto de la crisis monetaria del país. Se convierte entonces en crisis intelectual. 

Interpretaciones más extremas de esta medida se han visto en 1984 de Orwell y Farenheit 451 de Bradbury. La idea de controlar el Estado desde su literatura es milenaria: "Un libro en manos de un vecino es como un arma cargada."

Decía Savater en una entrevista: “La literatura me permite exponer ideas incluso contrarias a las mías y efectivamente todo esto produce una satisfacción y a la vez una inquietud... Busca una verdad propia que no es la verdad de los hechos ni un simple documento de la realidad. La tarea de la filosofía, en cambio, es desvelar y analizar verdades -sea del conocimiento, la ciencia o la metafísica- o declarar, incluso, que la verdad es inalcanzable”.

Si perdemos estos conceptos, sólo nos quedará obedecer.

"Los años de Universidad se acortan, la disciplina se relaja, la filosofía, la historia y el lenguaje se abandonan, el idioma y su pronunciación son gradualmente descuidados. Por último, casi completamente ignorados. La vida es inmediata, el empleo cuenta, el placer lo domina todo después del trabajo. ¿Por qué aprender algo, excepto apretar botones, enchufar computadores, encajar tornillos y tuercas" - Ray Bradbury, Farenheit 451, (pág. 68, 5ª Edición, Plaza & Janés, Mayo 1992).

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