El Empíreo: De los reyes

De los reyes


Por María Gabriela Méndez 

Las Nises de Jerónimo Bermúdez de Castro representan una postura clara con respecto a las deficiencias que puede sufrir, y hacer sufrir, un gobernante. A pesar de ser una muy distinta de la otra, y de haber sido escritas siglos atrás, tienen vigencia aún en nuestros días. Son dos obras del teatro español que se mantienen a la vista y a la mano por su veracidad en tiempos de tranquilidad tanto como en tiempos de dificultad.
La primera, la Nise Lastimosa, cuenta la historia de un rey cuyo hijo se involucra con una mujer por debajo de su rango, una bastarda, y eso lo pone a él y a su padre (y por ende a la corte y al reino) en mala posición. La relación que el joven tiene con ella no afecta en nivel alguno el reinado de su padre o la manera de ser de ninguno de los dos, solamente en la opinión pública porque, sin embargo, la joven no es de mala familia. La gente del pueblo se deja convencer por la influencia de unos pocos de que esto no puede ser bueno y, si todo el pueblo lo cree, debe de ser verdad. De esta manera, el problema llega a ser que el joven debe abandonarla, es decir, poner las prioridades del pueblo por encima de sus prioridades personales. El rey, su padre, se deja llevar (aunque por poco) por los envidiosos y calumniadores, lo que acaba en la muerte de la joven.
Aquí comienza la segunda historia, la Nise Laureada, al mismo tiempo que la locura del joven enamorado ahora de una difunta, padre de huérfanos. Al enterarse, se reconoce culpable (por haberla dejado desprotegida) y jura venganza. Así, tras haber negado cualquier nexo con su padre, el culpable, lo mata y asume su puesto, devolviéndole algo de vida a su mujer cuando la saca de tumba y la hace coronar reina, y tomando a la fuerza el poder en todos los aspectos. Toma venganza de los asesinos con tortura pública, pero eso no le devuelve a su mujer, aunque sí le causa un sentimiento de remordimiento y arrepentimiento.
En el primer caso la falla es la ausencia del poder: el rey no es más que el rostro, por no ser la mente detrás de los actos. Más de una vez este rey se encuentra en una encrucijada: castigar o no a su hijo, matar o no a una inocente, etc., y al fin y al cabo las decisiones no las toma él mismo. Mientras tanto, en el segundo caso la falla es la exageración, el abuso del poder que le llevó a la extrema crueldad, por poner su venganza personal antes que su gobierno, como “asunto de Estado”. Queda como tela de fondo la figura del ideal del rey cristiano que ninguno, padre o hijo, cumple, y lleva a plantear la pregunta siguiente: ¿hasta qué punto puede un pueblo estar sometido a un rey que no gobierna?
En pocas palabras, ningún rey, monarca o gobernante fue perfecto, ninguno lo es ni lo será. Es por esto que la obra de Bermúdez es de gran importancia en el aspecto literario tanto como en el político, por su forma y por su contenido, por su ética y su estética, que nos dan a conocer que no hay nada nuevo bajo el sol. Lo que está ocurriendo en este momento ha ocurrido antes miles, si no millones, de veces. En fin, el que no sabe de historia está destinado a repetirla.

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